Crónica de un Paro Nacional

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Me levanté temprano, mucho antes que sonara la alarma. Realmente estaba nerviosa, no era para menos, era mi primera vez. Mi primera vez sin nadie que me acompañara, mi primera vez sola, pero a la vez, era mi primera vez con tanta gente. Personas que no conocía, personas que jamás volvería a ver y personas que estarían ahí solo para criticar cómo las personas como yo se iban a ver.

No importaba, porque hoy iba a ser grande. Iba a convertirme en alguien de quien mis padres iban a estar orgullosos. Recuerdo que mis padres siempre me decían: “No dejes que nadie te robe tu talento, tus ganas”. Y precisamente, eso iba a hacer hoy. Eso hice hoy.

Ayer bajo la lluvia del domingo, fui al supermercado. Compré galletas Ritz, jugos, chocolates, agua y chicles. ¡Cómo si fuera para una gira! Ya en la noche, preparé todo, en un bulto eché las galletas, servilletas y sunblock. Me di un baño, me afeité y lavé el cabello, quería sentirme linda y poderosa porque “mañana iba a ser mi día”.

La alarma tenía que sonar a las 6:00 de la mañana, realmente no vivo lejos del lugar a donde quiero llegar y más que mañana para esa área no iba a haber tráfico. La adrenalina era tanta, que me dormí a las 2:00 de la mañana y me desperté a las 4:30, mucho antes que cantará el gallo, antes que saliera el Sol y antes de que mi alarma me despertara.

¡Hoy es mi día! Hoy me convertiría en la mujer que siempre quise ser. Hoy iba a demostrar mi talento, mis ganas de salir hacia delante. Hoy iba a mezclarme con muchas personas que eran igual de talentosas que yo y por mucho, más valientes. Hoy me iba a unir, por primera vez en mi vida, a un paro. A un gran paro nacional.

Prendí mi carro y lamento decir que puse reggaetón a su máximo esplendor. Con el nerviosismo que tenía, una canción de tra tra era lo que necesitaba para poder llegar a mi destino. Llegué a Bayamón antes de las 6:00 de la mañana y me dirigí a la estación El Deportivo para montarme en el Tren Urbano. Estaba lleno, cuando llegue al área de los boletos, hice una fila como de una hora y media. Había mucha gente distinta, pero con un solo propósito: no dejar que les robaran las ganas.

Frente a mí estaba una pareja de señores mayores. Eran pareja porque tenían las manos tan agarradas, que era imposible dejarlos de mirar. La señora tenía una gorra amarilla, unas gafas pequeñas, un pantalón negro, tennis, una camiseta gris y un cartel que leía: “¿Si yo pagué por mi retiro por qué ahora me lo quitan?” Su esposo, quien no pasaba de 70 años tenía una vestimenta un poco más llamativa, pero la diferencia era que su cartel leía: AUDITORÍA YA. No había dudas, ellos hoy iban a triunfar.

Estando en la fila pude ver como cientos de personas llegaban para unirse a una sola voz. Jóvenes repartían flyers que explicaban el porqué se tenía que protestar. Jóvenes alegres, simpáticos, que repartían dulces y que le preguntaban a todas las personas que veían si tenían alguna duda. Vi también a unionados que vestían iguales y que demostraban el porqué las personas de tu trabajo se convierten en tu familia. Pancartas sarcásticas, de doble sentido, grandes y pequeñas solo se resumían en una cosa: queremos respuestas.

Pude ver como llegaban familias completas y cómo muchas otras dejaban a algunos de sus familiares y apoyaban el paro tocando bocina. Según la fila iba avanzando, se escuchaban los pleneros al son de comparsas.

“Hoy es día del paro.

Hoy es día del paro nacional.

Hoy la Isla se levanta

Y nos tienen que escuchar”.

Cuando saqué mi boleto y daba la vuelta, alguien me tocó la espalda. Era un señor mayor, que no era tecnológico y me dijo que si lo podía ayudar. Lo ayudé y se convirtió en mi compañero de viaje. No quiso subir las escaleras eléctricas así que mientras subíamos a paso lento, conversamos un poco.

-¿Cómo se llama usted?

-Alejandro.

-¿Y va pa’l paro?

-Sí mi’ja tengo que luchar por mi pensión.

Otro más que iba a luchar para no dejar que le robaran, tal vez, lo único que tenía. Alejandro fue mi caballero durante ese momento. Nos convertimos en una familia. Él me velaba y protegía. Me decía qué estuviera pendiente a lo que hablaban, que no estuviera cerca de la policía, pero tampoco tan lejos para no darme cuenta de lo qué hacían. Al parecer, no era la primera vez que luchaba, pero sí era la primera desde que uno de sus hijos, un maestro, vivía en Pensilvania.

Don Alejandro me daba sus consejos y mientras el tren llegaba a su destino, yo le daba de mis galletas, le eché en su bulto botellas de agua y le apunté en su celular de tapita, mi número de teléfono. Parecíamos padre e hija, parecíamos una familia que siempre había estado unida, de esas que el gobierno no había logrado separar. Tal vez le acordaba a su hijo en mi forma de ser, pero me dijo que no. Que mi manera de ser, le acordaba a él cuando era más joven.

Cuando llegó el momento de bajar, me preguntó qué desde dónde iba a marchar, que si del Choliseo me iba a dirigir a otra parte o si iba a encontrarme con personas. Sonriendo, antes de ponerme las gafas, le dije que ya me había encontrado con él. Bajamos hasta la calle principal del Choliseo y empezamos a mirar lo que estaba pasando.

Ahí estaban las personas que están en contra de la Junta de Control Fiscal (JCF). Habían cientos de personas. Mujeres con carteles que expresaban su repudio al gobernador y su gabinete. Habían matrimonios retirados que al igual que Alejandro, no quieren que les quiten lo poco que les queda. Jóvenes de distintas universidades también estaban cargando sus carteles pidiendo acción y justicia para el pueblo boricua. Vi jóvenes con la camisa de la UPR, pero tenían apoyo de la Universidad del Sagrado Corazón. Y sé, porque los vi, que habían de otras universidades, pero preferían quedarse en el anonimato.

Al lado de nosotros había una chica de pelo largo, negro, con un bulto grande de donde sacaba maracas pequeñas para repartirlas. “No se queden callados, con tocar es suficiente si no pueden gritar”. A mí me dio la maraca azul y a Alejandro una violeta. Se la cambié, me gusta el violeta.

Luego de estar escuchando los gritos de desesperación, pero con caras de optimismo nuestro grupo se lanzó a caminar hasta el punto de encuentro. Era mucha gente, la gente estaba molesta, feliz, indignada, pero leal a sus convicciones y seguros de lo que iba a pasar: hoy nos iban a escuchar. Cuando arranqué a caminar, me tocan el hombro.

 -Si ves que me quedo, sigue. No te quites por mí, que yo llego.

-No, vamos a llegar juntos. Si hay que detenerse, lo hacemos.

Y tomados de la mano, como si fuera ese hijo que ya no está con él caminamos a paso lento, pero constante. Alejandro tiene buena voz. Se aprendía las canciones rápido y hasta me enseñó varias consignas bastante interesantes.

Lo que ocurrió allí no tiene explicación. Poco a poco nos fuimos uniendo todas las personas que salimos de los diferentes puntos de salidas. Poco a poco, por unas horas fuimos un solo pueblo, una sola canción. UTIER se juntó con los pensionados y los jóvenes con el Magisterio. El Colectivo Feminista caminó junto a tantos hombres que hoy buscaban la equidad al igual que ellas. ¡Los hombres nunca habían estado tan de acuerdo con las mujeres en algo!

¡Qué muchas banderas vi! Conté junto a don Alejandro frente a nosotros más de 100 banderas, estoy segura que habían más. Los colores de mi bandera estaban en la ropa, en los brazos; estaban en la cara de cientos de personas que al igual que el compañero que me acompañaba, caminaban entusiasmados por ver y conocer a más personas como ellas.

 -Ya estamos llegando don Alejandro, no te me quites.

-Mi’ja no me quito de mi Isla ni aunque mi hijo me lleve pa’llá.

Y no se quitó. No me quité. Nadie se quitó. Llegamos al lugar protagonista. El gran edificio Seaborne en Hato Rey estaba cerca de nosotros. Tan cerca que parecía un edificio enorme, tan enorme que no tenía fin. Pero el fin lo tenía y ¡qué pelota de fin! Un fin que cientos de boricuas le iban a dar hoy a las 12:00 del medio día.

La policía estaba allí, tal y como me lo había advertido Alejandro. La policía estaba haciendo su trabajo, pero las personas que estaban caminando conmigo hacían el suyo. Ahora es cuando más siento la fuerza de don Alejo; me apretó la mano con fuerza, asegurando que pasara lo que pasara, no nos íbamos a separar como ha ocurrido otra veces cuando el boricua se une por un minuto y se va sin la intención de volver.

Desplazándonos entre los cientos que estaban haciéndose valer, nos acercamos lo más que pudimos a la tarima donde tantas personas buenas hablaron.

Leer en mi celular que un día como hoy refirieron a O’Neill a la Oficina del Panel Fiscal Especial Independiente me llenó de coraje. Algo tan importante, tratado como una estupidez y trabajado un día como hoy donde los ojos están puestos en el paro, me llena de indignación.

Pero ver a ciento de mujeres juntas, luchando por sus derechos, sin miedo a las repercusiones me alivió. Ver a tantos hombres, buenos hombres, unidos marchando junto a tantas féminas hizo que me tranquilizara porque vi al fin que las mujeres no tenían que tener miedo.

-Don Alejandro, ¿usted que piensa de O’Neill?

-Que si hubiese sido mi hijo ya estaría preso y viola’o en la cárcel.

No pude evitar reírme. Alejandro y yo volvimos a comer galletas y bebimos jugos. Esta vez, repartí las botellas de agua que me quedaban. La señora rubia tomó dos, una para ella y otra para su nieta que estaba más adelante. Detrás de mí había una mujer con muletas que me preguntó si le podía dar una. Le di una y admiré su valentía.

-Los policías no son tan malos na’.

-¿A qué viene eso, Alejandro?

-Porque yo sé que están haciendo su trabajo y a veces hay miedo.

Le dije que sí, pero me extrañó su comentario. No le di mucha cabeza, pero miré a ver si veía policías a mi alrededor. No vi, al menos no cerca de nosotros. Vi personas unidas por la desgracia, por el coraje, por la impotencia. Personas que se daban cuenta que ya era hora de salir a defender lo nuestro. Vi maestros y pensionados defendiéndose mutuamente. Vi jóvenes y cineastas. También a personas trabajadoras y a los famosos ogros de las uniones juntos peleando por un bien común. Vi a decenas de artistas luchando por la UPR y uniendo sus manos porque saben que hay mejores opciones para nuestra Isla.

Vi a abuelos cargando a sus nietos en los hombros. Vi flores, de muchos colores que paraban en las manos de los policías. Vi cómo al finalizar la actividad los manifestantes regalaban chocolates a los que estaban velando por la seguridad de esa actividad. Vi estrechones de manos, palmadas en el hombro. Vi tantas cosas que no pueden ser explicadas con letras.

Vi a familias enteras unidas. Junto con mi compañero de lucha caminé al lado de niños que estaban porque definitivamente ellos son el futuro de la Isla. Vi cómo personas de distintas creencias religiosas se estrechaban las manos. Vi cómo personas de distintos partidos políticos se unían a una sola voz porque para ellos salir adelante es más importante que insultarse. Vi cómo jóvenes le daban la mano a los mayores y cómo los hombres ayudaban a las mujeres. Y sí, vi cómo habían policías buenos y con miedo. Alejandro tenía razón.

Hoy, vi en el rostro de don Alejandro cicatrices. Los años no pasan en vano y en los surcos de su cara podía ver diferentes sembradíos. Sembradíos de coraje, de miedo, de soledad. Pero cerca de su boca, en los surcos que aparecían cuando se reía, vi el mejor y más grande sembradío, el de la ESPERANZA.

Alejandro hoy me guió hacia el camino que quería recorrer. Hoy me convertí en el orgullo de mis padres y aunque llegué sola, no me fui sola. Las manos fuertes, pero suaves de un hombre mayor me daban aliento.

De regreso a la estación del tren, cuando ya no quedaba nada y los policías podían acercarse a los manifestantes, una patrulla se detuvo a nuestro lado, bajó el cristal y de adentro salió una voz tenue y pacífica.

-Bendición papi, sabía que eras tú. Eres fácil de reconocer.

-Dios te bendiga.

 Y le tomó la mano y la besó.

-Te dejo que me tengo que ir.

Me miró y me sonríe. Cuando se fue, dejé que don Alejandro caminara al frente de mí y me di cuenta; su camisa en la parte de atrás leía: “Mi hijo es policía, pero yo soy manifestante”.

Ahí lo entendí todo.

La foto que acompaña esta crónica pertenece a Michelle Camacho Photography. Todos los derechos le pertenecen.

Plural: 2 comentarios en “Crónica de un Paro Nacional”

  1. A TODOS LOS BORICUAS, INCLUYENDO LOS DE LA LUNA,UN SECRETO QUE TODO BORICUA DEBE KONOCR:LOS BORICUAS SOMOS UNO Y NOS TENEMOS QUE EDUKR KON LA VERDADERA HISTORIA NACIONAL PARA IR ROMPIENDO LAS KDENAS QUE LA ESCLAVITUD KOLONIAL HA UTILIZADO PARA ROBARNOS LA LIBERTAD,SOBERANÍA Y DIGNIDAD.

    ÚNETE AL EJÉRCITO POPULAR BORICUA NOSOTROS.POR MEDIO DE NUESTRA EDUKCIÓN OBTENDREMOS NUESTRA LIBERTAD INDIVIDUAL PROKLAMANDONOS LIBRES Y SOBERANOS INDIVIDUALMENTE PARA LUEGO UNIDOS KONSTRUIR KOLECTIVAMENTE NUESTRA LIBERTAD NACIONAL.

    TODO BORICUA UNIDO SIN KOLOR Y SIN PARTIDO.ÚNETE YA
    .

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