Hoy en Puerto Rico está lloviendo demasiado, otra vez. Por vez 28,747 desde el año pasado (y sí, llevo la cuenta). No es una llovizna coqueta ni una lluvia pasajera. No. Está lloviendo como si el cielo hubiera decidido procesar algo emocionalmente y nosotros fuéramos parte del trámite. Como si estuviera pasando una crisis existencial de esas que a mí no me dejan ni respirar y me dejan deshidratada.
Hace frío. Un frío raro, tropical, traicionero. De ese que te quiebra las manos y te hace ir al baño cada 15 minutos, aunque NO bebas agua. Ese frío que no justifica un abrigo elegante, pero sí quejarse sin parar.
En el trabajo me he quejado del frío 397 veces. Y lo volveré a hacer. Ahora, después de escribir y más tarde en la noche. Lo haré. Por coherencia.
No tengo ganas de trabajar. No tengo ganas de escribir. No tengo ganas de nada que implique pensar más de la cuenta. Mi cuerpo está en modo lluvia: lento, pesado, café-dependiente.
He tomado demasiado café. O demasiado poco. No lo sé. Perdí la cuenta después de la tercera taza que me dije que sería “la última”.

Precisamente hoy, que me había prometido empezar el mes con todo en orden… he comido cosas sin mucho criterio: uvas verdes, gummies, galletas María, algo dulce porque llueve, algo salado porque el dulce no resolvió nada. Me paro del escritorio y reviso la nevera del lunch como si fuera la de mi casa. Solo que, al igual que en la de casa, no encuentro nada que sea dulce pa’ comer mientras me quejo del clima. ¡Qué cosas! He llegado a la conclusión de que la lluvia abre apetitos extraños.

Y aun así, teniendo trabajo, la lluvia y el apetito para brindarles atención, las palabras están aquí.
No vienen emocionantes. No vienen brillantes. Vienen en pantuflas, arrastrando los pies, diciendo:
«Mira, no tenemos ganas tampoco, pero ¿escribimos algo o qué?«
Escribir hoy no es un acto heroico. Hoy no hay mucho que decir, aunque Bad Bunny se haya convertido en el primer artista en ganar un Grammy con un disco completamente en español. ¡Qué orgullo!
Y aquí estoy yo, peleando con la lluvia y la nevera de la oficina.
Esto de escribir hoy es más bien un acto de convivencia. Como sentarse a mirar la lluvia por la ventana sin esperar que pare. Como aceptar que el día no va a rendir lo que uno quería, pero igual se vino a trabajar.
Hoy escribo no porque tenga algo importante que decir, sino porque el silencio también pesa cuando se acumula… y con esta lluvia, seguramente pesaré cinco libras más.
Escribo porque si no, me quedo pensando demasiado. Porque la lluvia encierra, pero las palabras abren una rendijita. Porque no todo texto tiene que ser profundo, ni productivo, ni memorable. Algunos textos solo acompañan. Mientras te tomas otra taza de café y miras por los cristales de la oficina, esperando que acabe porque ya no aguantas una onza de cafeína más. Tal vez sea mejor, tomarnos un chocolate caliente.
No tengo ganas.
Pero tengo palabras.
Y hoy, con eso… basta.
