Desde la primera vez que te conocí quise leerte; en realidad nunca paré de hacerlo. Ahora que ya no estamos juntos como antes te sigo leyendo, volví a leerte desde el comienzo y desde el prólogo te analicé. Leí tu portada y llegué a estudiar la contraportada. Revisé tus capítulos, hasta los más antiguos. Esos párrafos que te formaron como hombre, que te dieron lecciones. Esos capítulos donde amaste tanto hasta llorar. Repasé los capítulos nuevos, esos donde están tus miedos más grandes. Te leí, te leo cada noche, con paciencia, con calma y puedo distinguir las letras en negrita de las normales. Esas letras dónde yacen tus ideas, esas que sabes que debes gritar, pero prefieres esconderlas. Tú, con tus páginas arrugadas por el tiempo, maltratadas por el dolor y en blanco por la espera de algo que jamás se dio, sigues siendo mi libro favorito.

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