Pensé que eras lo que merecía 

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El amor que te brindé nunca fue recíproco. Tal vez no me amabas igual que lo que te amé yo. Tal vez yo conocía lo que era la intensidad y tú, lo que era la suavidad. Quizás yo practiqué la vehemencia y tú, la frialdad.

Simplemente no estábamos en la misma sintonía, pero qué bueno era eso. Podíamos aprender uno del otro. Por eso no importó si éramos sinónimos y antónimos, porque al final estaríamos llenos de conocimiento. 

Me equivoqué. Otra vez. Me equivoqué. Como siempre. No terminamos siendo conocimiento ni enseñanza. Terminamos siendo nada. Como si fuéramos ese polvo que con un suave soplo de brisa fresca se desvanece.

Pensé que eras lo que me merecía, por eso intenté aprenderme tu complejidad. Porque me gustaban los retos que me ponías, porque una chica como yo, merecía a un hombre como tú.

Una chica como yo, de baja autoestima, merecía un hombre como tú. Un hombre vacío de sentimientos. Vago para demostrar amor, indiferente a mis logros. Insensible a mis problemas y apático con mis sentimientos.

Me costó mucho desencadenarme de tus ataduras, que más que físicas eran mentales. Yugo que merecía cargar sobre mi espalda porque nadie más iba a amarme por como soy. Sujeción y amarre que dolía porque las otras que tenías eran felices, pero yo no.

¡Era lo correcto! Tolerar tus falsas caricias y la poca importancia que me dabas era la tortura a soportar para obtener el galardón al final: tu amor. Amor que nunca llegó a ser recíproco, pero sí compartido con otras damas que jamás serían como yo.

Hasta que descubrí que siempre estuve equivocada. La venda que la baja autoestima logró poner en mis ojos desvaneció con las lágrimas. Desaparecía cada vez que me negabas, que me mentías, que tus palabras desgarraban mi alma.

Ahora veía a color. Ya no era blanco y negro. Y aunque me era difícil ver y conocer todos los colores, poco a poco mi paisaje fue más amplio. Y sobre todo más real.

Me di cuenta que no era la que tenía un problema. Eras tú. Desnudé mi alma y comencé a ver lo grandiosa que era. Porque la inseguridad al final no era mía. Sino tuya. Descubrí lo grandiosa que podía llegar a ser. Porque los estereotipos no los inventé yo. Sino tú.

Y al final pude abrazar mi libertad y abrir mis brazos a la espera del hombre que realmente quiera retarme todos los días. Retarme en amor, en pasión e inteligencia. Porque mis libras de más no condicionan lo que merezco. Porque la autoestima no me la baja o sube nadie, solo yo.

Porque pensé que eras lo que merecía, pero me equivoqué. Y ahí descubrí que siempre es bueno tropezar de vez en cuando. Y créeme, ninguna equivocación me ha llenado tanto de placer como esta.

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