El dolor sí era necesario

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“Sufrí, lloré hasta el cansancio. Mis piernas no eran las mismas, mi piel se agrandó. Cada grito era más alto, más potente. Sentía que no me quedaba una gota de sangre. Cuando pensé que todo había terminado, apenas empezaba. Me vi al borde de la muerte, pero valió la pena. Si tuviera que volver a nacer y pasar por lo mismo, lo haría no una sino tres veces más”, dice Magali E. Guzmán Romero al describir el momento en que le tocó tener a su hija.

Con ojos llorosos empieza a describir el doloroso proceso de su embarazo, ya que aunque no tuvo complicaciones durante sus nueve meses de gestación, salvo que su hija era vaga y no se movía, en el momento en que tuvo que traerla al mundo no todo fue fácil.

Su hija nació el 25 de septiembre de 1989, días después del famoso huracán Hugo. No había luz en casi todo Puerto Rico y tampoco la había en el Hospital Regional de Bayamón, donde nació Keishla Julianna Ayala Guzmán.

Llegar fue complicado, las carreteras estaban llenas de derrumbes y escombros. Algunos caminos estaban cerrados y había que tomar rutas alternas. Cuando la futura madre llegó al hospital, no había camillas, no había luz, la planta eléctrica de parto no servía y el doctor no estaba en ese momento.

Al momento de parir, la niña no quiso bajar. Luego de varios intentos, el doctor decidió practicarle una cesárea a la angustiada madre. Por fin nació, una hermosa y grande niña. De mucho pelo negro, gordita y de una sonrisa encantadora.

“Fue algo loco, lleno de angustia. Cuando me mandaron para mi casa, la herida se me infectó. Ningún hospital me quiso atender porque no había parido con ellos. La herida se me llegó a podrir y no podía lactar a mi hija por los medicamentos que me dieron. Visité la sala de emergencia más de 10 veces en menos de un mes y cada vez estaba peor mi herida y nadie, nadie podía hacer nada por mí ni por mi hija”, sostuvo Magali.

Aunque fueron momentos tensos y de mucho dolor, la sonrisa de su hija hace que se le olvide todo lo que sintió durante ese proceso. La dicha de poder vivir junto a su primogénita los momentos más importantes, recompensan todas las lágrimas y el dolor de tener un parto difícil.

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