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La cita de mi vida

Fue en el mes de febrero del año 2018. Recuerdo que estaba en el estado de Florida y era una tarde soleada. Estaba en la mesa del comedor, con un pantalón mahón lleno de rotos y una camisa de manguillos color rosa. Sin peinar, frente a mi computadora aprovechando el tiempo y enviando uno que otro resume por si acaso caía alguna cosa estando por allá.

Llevaba tiempo esperando la señal. Por mucho tiempo esperaba una sola señal para salir de la rutina o simplemente para volver a sentirme chulisnaquin. Y así, de la nada, mientras pensaba en cuál resume enviar para el puesto de copywriter, llegó lo que estaba esperando.

La señal. La señal, esa que le dio un nuevo giro a mi vida. Vibró el teléfono y vi su nombre. ¡Qué raro!, pensé. Tomé el teléfono, que tenía solo 10% de batería, y ¿por qué no?, acepté.

Hablé, hablamos por cinco minutos. Cinco minutos que parecieron una eternidad. Cinco minutos los cuales me moví por toda la casa. Entré al cuarto y me miré al espejo. Caminé por el pasillo largo y llegué a la secadora. La abrí, no había nada, la cerré. Caminé hasta mi computadora y cerré la pantalla. Fui a la cocina y me lavé las manos. Sí, estaba nerviosa. No sé por qué sentí muchas emociones, como si estuviera enamorá.

Luego de ese día, nada fue igual. No sé si llegué a aborrecerlo, pero le texteaba casi a diario. Le preguntaba si estaba bien, si había alguna novedad. Siempre, todos los textos terminaban con un ❤️. Cursi, valiente, nerviosa y llena de amor.

Fueron varios meses preguntando. Cada vez era algo distinto. Podía sentir que poco a poco iba conociéndote mejor. Me imaginaba cómo sería cuando te tuviera de frente, si me verías con buenos ojos o si iba a ser un desastre.

Y así corrían los meses. Cada mes más bonito. Siempre había algo que hacer para ti y por ti. Y, aunque pareciera absurdo, cada mes crecía mi amor por ti. ¿Podía ser posible amar a alguien sin ni siquiera conocerlo bien? ¿Podía ser capaz de intentar ser mejor persona solo para que cuando me vieras lo pudieras notar?

No lo sé. Solo supe que desde aquella llamada, ya te amaba. Mi amor por ti crecía como el río cuando llueve. Crecía como un globo cuando un niño lo llenaba sonriendo porque sabía que iba a divertirse con el. Crecía como crecen las hojas en primavera. Simplemente crecía, primero con miedo, luego con ganas, siempre en cantidades ilimitadas.

¡Hasta que al fin llegó el gran día! El mejor día de mi vida, pensaba. Nuestro encuentro. Si te digo que pensé mil veces en este día no te mentiría, porque fue así. Estuve lista desde siempre. Pero como siempre me pasa los miedos e inseguridad me vencieron. Así que todo lo que tenía planeado, mi discurso de mujer buena y disciplinada, mi canción favorita y la frase que sería nuestra, se esfumaron. Solo quedaban las inmensas ganas de conocerte.

Con un mensaje de texto quedó claro hasta dónde tenía que llegar para derrumbarme frente a tus ojos. Llegué tarde, como siempre. Bañada y vestida, pero sin peinar y con mis espejuelos violetas rotos. Busqué estacionamiento y rogué por avanzar. Me estacioné en el lugar de las personas con algún impedimento y usé el carnet de mami. Perdón, ya empezamos mal, pero la ocasión lo ameritaba.

Quise maquillarme, pero estaba obscuro y realmente tenía prisa. Así que abrí mi cartera rosita y saqué un polvo. Luego, colorete, el más vivo y colorido que tengo y por último, lipstick. Color marrón aunque hubiese querido el color rojo, lo ameritaba.

Bajé de la guagua y caminé por una acera. Una acera llena de bancos de metal y algunos de cementos. Había una parada de guagua con personas y dije buenas tardes con una gran sonrisa. Seguí caminando hasta llegar a una puerta grande de cristal. Se abrió cuando me paré frente a ella y antes de entrar respiré. Hondo, suave y volví a sonreir.

Caminé hasta el lobby y tuve que identificarme. Mientras escribían mi nombre, saqué mi teléfono y vi cinco fotos tuyas. ¿Cuál más hermosa? Se me aguaron los ojos y eso solo significó una cosa: estaba lista.

Bailé por los pasillos hasta llegar al punto de encuentro. Dije buenas tardes a todos los que vi y quería gritarles que la vida es bonita. Nunca voy a olvidar el número 103 ya que era en ese lugar donde por primera vez iba a dejarme llevar por el vaivén de tus ojos. Era el lugar donde estaba dispuesta a dejarme seducir por tu hermosura.

¡Qué raro! Ya estoy aquí y tú no has llegado. Al menos no soy la única que llega tarde a los sitios. Así que esa iba a ser mi excusa: tú llegaste tarde; no yo. Miro mi reloj y veo que faltan varios minutos. Todavía no son las 5:00pm. Sacó mi celular y verifico la hora, no vaya a ser que estuviera para’o el reloj.

Pasó el tiempo, pero para mí el reloj no se movió un segundo. Ya eran las 5:30pm y no llegabas. Me empecé a impacientar. ¿Pasaría algo? ¿Algo anda mal? ¿Por qué no llegas? Miraba a la puerta a ver si te veía entrar. Esa puerta marrón, grande y pesada, que sería lo que anunciaría tu entrada. De verdad que somos en eso iguales. Siempre tarde. Siempre.

Y en un abrir y cerrar de ojos, te vi. Contemplé tu belleza desde antes de pasar por la puerta. Pude percibir tu dulce olor, desde antes de saludarte. Pude notar tu frágil piel desde antes de tocarla. Y ahí fue que nueve meses corrieron para atrás en mi mente y contesté esa llamada que tu papá me hizo. “¿Quieres ser la madrina de la hija que voy a tener?”, fue la pregunta que cambió mi vida para siempre.

Contesté hace nueve meses que sí. Hoy frente a ti, mientras me pierdo mirando tus cachetes color tomate y tu pelo color Sol, te confirmo lo mismo. Hoy, mientras contemplo tu hermosura, puedo darme cuenta, que jamás se está preparado para una cita como la nuestra. Hoy, mientras veo a mi hermano llorar de emoción mientras abraza a mi mami, puedo descubrir que el amor es infinito. Hoy, viendo a un abuelo de ojos azules orgulloso, compruebo que el amor es puro.

Mientras te tomo en mis brazos y te hablo al oído. Mientras mis dedos gordos rozan tu dulce piel. Mientras te canto nuestra canción de cuna, cierro mis ojos aguados para declarar que el amor es una decisión. Decidí amarte porque lo quise así y como decisión tomada, madrina te amará todos los días, Leia Alexandra.

Crónicas

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