El adiós tiene sabor a “artichokes” y espinacas

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Allí estaba él, sentado comiendo pan, en la mesa del restaurante favorito de su pareja. Lo supe porque cuando el mesero fue a donde él, su rostro irradió alegría. 

-¿Ya está listo para ordenar o esperamos un poco más?

-No, voy a pedir para que cuando llegue todo esté listo. 

Empieza a mirar el menú y mordiéndose los labios dijo:

-Le encantan los camarones, pero hoy quiero pedir algo que nos fascina a ambos: el dip de artichokes y espinaca con queso y chips

El mesero toma la orden y se retira. El joven enamorado de pelo lacio color sol, mira el reloj varias veces. Se levanta de la mesa, se quita su abrigo de cuero y aprovechando que está de pie, observa por encima de los comensales, pero al parecer no ve a su objetivo. 

Alza sus cejas y se sienta, no sin antes suspirar. Se entretiene ahora mirando a una pareja que está cuatro mesas a su izquierda. La pareja se mira, se besa, son todo sonrisas y ella le soba el pelo. Supongo que esos son los planes del joven enamorado cuando llegue el amor de su vida a su mesa.  

Luego de una hora y cuando no le quedó más remedio que empezar a comer el dip sin compañíacamina rápido hacia su mesa un hombre robusto, de pelo negro y barba desaliñada. Tiene ojos verdes y una camisa de botones del mismo color. Lleva consigo una cartera de esas que se usan de lado y un llavero con varias llaves en su mano. Se pasa las llaves por la barba. Camina con tanta prisa que tropezó dos veces: una con un niño y la otra con una mesa. 

El joven se levanta de la mesa, pero el hombre que camina hacia él le hace el gesto de pare con su mano derecha y se toca, otra vez, la barba. Cuando llega a la mesa, no lo saluda. Solo se sienta y como si estuviera sintiendo el calor más infernal se bebe de un sorbo el refresco de dieta con limón que había pedido el joven y que ya iba por la mitad del vaso. 

-¿Estás bien? Pensé que no ibas a llegar. Realmente estaba asustado. 

-¿Hay alguna diferencia?

El joven enamorado lo mira extraño. No entendía lo que le preguntó. El hombre de barba negra le toma su mano. 

El mesero quien al darse cuenta que había llegado la otra persona se dirige a la mesa, faltando unos pasos y al ver lo que ocurre, decide retirarse. 

-Viniera o no tú sabes lo que está pasando y lo que debe pasar. 

-Sé que esto ha tomado un rumbo distinto, pero creo que lo podemos arreglar. 

-No, lo siento, pero esto ya no tiene solución.  

El joven quita su mano rápidamente de la mesa y el hombre de ojos claros y barba desaliñada, el que llegó tarde, intenta sacar de su llavero una llave. Cuando lo logra, estira la mano para dársela al joven de cabellos rubios que casi no podía ni respirar. 

Tanto así que ni se movió a coger la llave. Estaba petrificado, pasmado, con un dolor que se le notaba en su rostro. Ni siquiera le hacía caso al hombre por el que tanto había esperado para comer y que por fin estaba frente a él. 

Soltando la llave al lado del dip favorito de ambos el hombre dijo:

-Wilfredo, desde hace un mes estamos mal. Eres una persona joven, maravillosa, pero no eres para mí. Aquí está la llave de tu apartamento, ya no la necesito. 

El joven, Wilfredo, solo se limitó a decir:

-¿Qué hice mal?

-¿Tú? Nada. ¿Yo? Todo. Como siempre, soy yo el que no valora, no cambia, no es estable y el que vive con miedo. ¿Qué cosas? Que tú siendo más joven me ganes en madurez, pero yo que soy más viejo, te gane en inestabilidad.

Luego que dice lo que al parecer son sus últimas palabras se levanta y se dirige hacia Wilfredo quien continúa inmóvil, solo que esta vez sus lagrimas hacen surcos en su bello rostro. 

Le da un beso en la frente y una palmadita en el hombro derecho. Da la vuelta y se va. Sin prisa, con calma, guardando las llaves en su cartera y tocándose una vez más su barba. Wilfredo sigue inmóvil. 

Cuando llega a la puerta del restaurante, lo espera un hombre contemporáneo con él, alto, de espejuelos y cabello osbcuro. Ambos miran hacia Wilfredo y no emiten palabras. Las manos del ahora soltero sujetan con dulzura la cabeza del que lo esperó pacientemente en la puerta y le da un beso en la frente. 

Luego, le da un abrazo. Intenta voltear para ver a Wilfredo, pero no lo dejan. Le echan el brazo por encima de sus hombros y lo obligan a caminar. 

Wilfredo lo entendió todo, de golpe y solo. Alza su mano, llama al mesero y mientras este llega, toma un chip y le pone lo último que queda del dip. Y con coraje lo aplasta con su mano, como mismo desde hoy aplastará al hombre inestable de su corazón. 

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